Por Rosalba de Jesmar

Durante mi vida escolar, e incluso durante la universitaria, siempre me negué a usar tacos. Era casi como mi consigna para ser eternamente joven, por lo menos de espíritu. El punto es que hasta el día de hoy lo he logrado. Por suerte la moda me ha apañado un poco y de una u otra forma -con honrosas excepciones como matrimonios donde el vestido largo y el look tiffany’s ameritaba- mis pies y columna se han salvado de esa tortura.
Sin embargo, hay otra cosa, por supuesto tan profunda como los zapatos, de la cual al parecer es imposible no desprenderse. La diferencia es que nunca se me había ocurrido que pudiera ser así… pensaba que mejorando la pilcha sería suficiente para parecer una persona formal y responsable. Me equivoqué rotundamente.
El verdadero síntoma de que uno ya no es estudiante, no es dejar de usar mochila ni cuadernos, sino guardar los jeans para los fines de semana. Lo que sucede es terrible como diría Papelucho. Antes eran como mi segunda piel y hoy poco a poco, tal como una boa, he tenido que pasar a los pantalones de tela para las reuniones de trabajo. Claro que la cara de cabra chica que ni el estuco tapa, el mismo porte desde los 14 años y la sonrojada cada vez que hablo, no contribuyen. Algo en mi apariencia tiene que hacerme parecer adulta. Lamentablemente mis amigos azules, muchas veces a punto de romperse, no colaboran para esa labor. Es como esas relaciones amorosas donde el amor es tan fuerte que uno cree que nunca podría hacer daño, pero tristemente, en algún momento los caminos se separan y cada uno tiene que hacer su vida. Creo, avísenme si estoy siendo dramática, que ese momento ha llegado para mí. Es hora de asumirlo con entereza de mujer; el tiempo pasa y no lo dicen las canas que poco a poco asoman por mi cabeza, tampoco la disminución en las ganas de carretear. El veredicto lo han dado mis amados y hasta ahora siempre bien ponderados blue jeans.
Hoy yacen en mi closet agónicos esperando el momento feliz en que pueda dejar de ser una empleada dependiente y vuelvan los añorados tiempos en que éramos solo uno.